Jo Nesbø

 

Detective CHICAHarry Hole

Jo Nesbø (Noruega,1960) es el gran maestro del suspenso noruego y su Harry Hole es su gran personaje. El detective que recorre la ciudad de Oslo –más personaje que contexto- como un anti-flaneur, lejos de cualquier tipo de elegancia,  observándola agudamente para atrapar todas las circunstancias y personajes del crimen.

Nesbø sabe cómo ir acrecentando el suspenso y la tensión en cada página, a veces en cada párrafo.  El punto de partida es un crimen a partir del cual el autor va reconstruyendo analíticamente y hacia atrás, los elementos y las circunstancias de las diversas historias que tuvieron que converger para que se cometiera el crimen.  El autor fortalece el suspenso con narradores en primera persona que se van revelando conforme las historias se van reconstruyendo.  Y sobre lo anterior, lo más sorprendente de la estructura de las novelas de Nesbø, es el recurso de interrumpir la narración en los momentos más críticos e intensos dejando el desenlace en suspenso. El desenlace se ira revelando a través de la narración de las reacciones (o crímenes) que ese momento desencadenó, pero antes, el lector pudo haber pensado en otras varias opciones. Leer las investigaciones de Hole es tan complejo como excitante, pero al final Harry nos contesta todas nuestras dudas.

Harry Hole nació en 1965, hijo de maestros, tiene una hermana menor con síndrome de Down. Mide 1.95. Mantiene amigos desde la infancia como el taxista Øystein Eikeland. Su jefe en la brigada criminal de Oslo, Bjarne Møller lo aprecia y lo defiende a pesar de sus métodos poco ortodoxos, siempre peligrosos y tan en el límite de la legalidad y la prudencia, que nos hace decirle en la lectura: ¡para, no lo hagas, te vas a meter en más líos, te van a matar!  Pero Harry, no nos hace caso porque tiene dos adicciones, el alcohol, más o menos controlable,  y el trabajo policial, incontrolable: “Booze or hunting, it makes no difference, my mind starts whirring in the same grooves.”

Harry Hole más que investigar, explora exhaustivamente, a las personas y a las circunstancias, repitiéndose, “Recuerda, es más importante escuchar que ver.  La intuición no es más que la suma de un montón de detalles concretos a los que el cerebro no ha podido poner nombre todavía.  No vayas buscando algo, busca, simplemente. Si buscas algo, el resto de las cosas enmudecerá. Deja que te hablen todas las cosas. Y cuando termines y creas que no has encontrado nada, piensa en sentido contrario, y deja que te hablen las otras cosas, las que no estaban pero deberían haber estado”.

La serie del gran Harry Hole está compuesta por los siguientes títulos:

  1. El murciélago. The Bat. Flaggermusmannen, 1997. Hole es enviado a la ciudad de Sydney, en Australia, para colaborar con la policía australiana en la investigación de una mujer noruega que había sido violada y asesinada.
  2. Cucarachas. Cockroaches. Kakerlakkene, 1998. Hole es enviado a Tailandia para investigar la muerte de un emabajador noruego.
  3. Petirrojo. The Redbreast. Rødstrupe, 2000. Hole sigue la pista de un asesino que planea asesinar a un personaje importante.
  4. Némesis. Nemesis. Sorgenfri, 2002. Hole investiga un asesinato ocurrido durante un asalto bancario y la muerte de una examante.
  5. La estrella del diablo. The Devil’s Star. Marekors, 2003. Hole investiga una serie de asesinatos en serie y sospecha de un colega.
  6. El redentor. The Redeemer. Frelseren, 2005. Hole sigue la pista de un asesino a sueldo corata sospechoso de haber matado a un oficial del Ejército de Salvación durante un concierto navideño.
  7. El muñeco de nieve. The Snowman. Snømannen, 2007. Hole busca identificar al primer asesino en serie noruego.
  8. El leopard. The Leopard. Panserhjerte, 2009. Hole regresa de su auto-exilio en Hong Kong para llevar a cabo una investigación no official de un asesino serial.
  9. Fantasma. Phantom. Gjenferd, 2010.  Hole vuelve a regresar de Hong-Kong para investigar el supuesto crimen cometido por Oleg, el hijo de su amada Rakel en el context del mundo de la droga.
  10. . Policía. Police. Politi, 2013.  Hole investiga a un asesino de policías.

Jo Nesbo. Nemesis

Nemesis

Nemesis (en noruego Sorgenfri, 2002) del escritor noruego Jo Nesbø, es la cuarta novela de la serie con Harry Hole. Tiene 35 años

I’m going to die. And it makes no sense. That wasn’t the plan, no my plan anyway…  One last thought. Everyone asks what the meaning of life is, but no one asks about the meaning of death.

Harry Hole se había pasado todo el fin de semana en su departamento analizando los videos de un asalto bancario ocurrido en la tarde del viernes anterior.  Retrocedía, avanzaba, congelaba la escena en que el asaltabancos se acercaba al rostro de una cajera, parecía que le decía algo y luego le disparaba. Su amada Rakel y el pequeño Oslo estaban en Moscú.  Anna le había llamado por teléfono. Ya se había reincorporado a la brigada contra el crimen de Oslo, pero todavía no se había recuperado del asesinato de su colega y queridísima amiga Ellen Gjetsen; para él, el caso no estaba cerrado.

Ellen Gjetse había sido asesinada durante la investigación del incremento del tráfico ilegal de armas en Oslo. Uno de los sospechosos era un neo-nazi de nombre Serre Olson, al que Hole no pudo interrogar porque Tom Waller lo había matado cuando, dijo, se había resistido a su arresto (The Redbreast).  Su jefe Bjarne Møller le ofrece reabrir el caso cuando se resuelva el del asalto al banco,  por lo cual tiene que colaborar, con gran disgusto de su parte y también el de Rune Ivarsson, el jefe del equipo especializado en asaltos bancarios.  Desde el principio congenia con una nueva colaboradora, Beate Lønn, quien se convertirá en una parte importante de la serie de Hole.  Beate es un gran personaje;  había nacido con un desarrollo anormal del giro fusiforme, “Fusiform Gyrus”, que hacía que su cerebro recordara todas caras que ha visto en su vida.

En Némesis Hole tiene que llevar una doble investigación, la del crimen de la cajera en el asalto al banco y una personal, la de la muerte de Anna. Sabía que no debía de haber aceptado la invitación a cenar de Anna Bethsen, pero fue. Al día siguiente se sentía enfermo, no recordaba cómo había llegado a su departamento ni a qué hora; irá recordando los cuadros que ella había pintado, el que ella llamó “Némesis”, que según ella sería su última obra maestra.  ¿Había vuelto a beber?  Parecía que Anna se había suicidado después de su partida. ¿O la habían asesinado? Y en ese caso, él sería el principal sospechoso; luego empieza a recibir correos electrónicos firmados “S2MN”.

Hole va descubriendo historias de asaltabancos famosos, de gitanos, de Anna y de hermanos que amaron a la misma mujer. Una, la de los hermanos gitanos – ¿albanos, rumanos, búlgaros, húngaros?- Stefan y Raskol Baxhet, y Maria.  Raskol era un poderoso criminal que aun desde la cárcel seguía dirigiendo el crimen en Oslo.  La otra historia es la del más famoso asaltabancos noruego nunca capturado, Lev Grette. Su hermano Trond, un “contable”, era el marido de Stine, la cajera asesinada.  Y en medio de esta compleja trama Alf Gunnerud, un pillo, narcotraficante, enamorado de Anna. Pero Tom Waaler lo mata al momento del arresto.

AutorJo Nesbø.  Noruega,1960.

Ficha Jo Nesbø. Nemesis. Great Britain: Harper Collins. 2008. 474 págs.

 

Jo Nesbo. Policia

Policía

[Una ciudad de] casas sencillas y bajas, testimonio de los orígenes modestos de Oslo, sobre lujosos áticos cuyas terrazas hablaban de la aventura petrolífera que, de repente, había convertido al país en el más rico del mundo, sobre los drogadictos del parque Stensparken de aquella ciudad mediana y organizada donde se producían más muertes por sobredosis que en ciudades europeas ocho veces más grandes…

En Policía Harry Hole recorre Oslo tras la pista de un asesino de policías que habían participado en la investigación de crímenes que no fueron resueltos. La novela empieza cuando el policía Anton Mittet está encargado de vigilar a un paciente comatoso. ¿Hole?

Los alumnos de la Escuela Superior de Policía de Oslo saben que se esclarecen el noventa y cinco por ciento de los aproximadamente cincuenta asesinatos cometidos cada año en Noruega y que en los últimos veinte años quedaron unos cincuenta sin resolver. Que sólo hay cuatro investigadores con un cien por ciento de casos resueltos y que uno de ellos es Harry Hole, su profesor.  Hole se ha retirado de la policía y comparte la asignatura de investigación de asesinatos con Arnold Folkestad, también ex policía. Hole y Folkestad suelen comentar casos y alumnos como el acoso de una muy brillante estudiante.

En la Unidad de delitos violentos de la policía de Oslo están desesperados, más de cincuenta personas (cuando en un caso normal de asesinato intervienen unas doce personas) no han encontrado ninguna pista, ni sospechosos, ni ningún punto de partida. Sólo saben que los policías asesinados acudieron al lugar donde se cometió un crimen pasado en cuya investigación participaron, que estaban relacionados con un delito sexual y con un criminal de nombre Valentin Gjertsen, recién asesinado en la cárcel.

Gunnar Hagen, el jefe de Delitos violentos logra que el nuevo jefe provincial de la policía, Mikael Bellman, autorice constituir una unidad especial que reúne al piscólogo Ståle Aune, especialista en asesinos en serie; a la experta en informática Katrine Bratt; a la talentosa jefe de la científica Beate Lønn y al técnico criminalista Bjørn Holm. Convencen a Hole para que se incorpore como asesor especial y lo prmero que les pregunta es: ¿Cuál era el móvil del llamado carnicero de policías? ¿Habéis pensado en cómo consigue el asesino de policías que los agentes acudan voluntariamente a esos viejos escenarios, precisamente el mismo día en que se cometió el antiguo asesinato?

Pero Hole no solo se incorpora, sino como siempre se mete de fondo e intensamente en la investigación.  Tiene un motivo personal, la pistola Odessa rusa escondida en la casa de Rakel Fauke y su hijo Oleg Fauke, quien estuvo involucrado en el asesinato de Gusto Hanssen, el joven traficante de droga que trabajaba para Asáiev.  Y sin estar consciente está en medio de la lucha por el poder entre Mikael Bellman quien confabula con y contra  Isabelle Skøyen, la concejal de asuntos sociales del gobierno municipal, corrompidos por el narcotraficante Rudolf Asáiev, para lo cual utilizan a Truls Berntsen un “quemador”, el que se encarga de la destrucción de pruebas;  amigo y colaborador de Bellman Truls había sido suspendido por corrupción.

Entre otras muchas aventuras, Hole logra salvarse  y salvar a Truls de una bomba al encerrarse en un refrigerador. Hay algo que le ha estado molestando y cuando sale a la superficie lo que estaba oculto en la oscuridad de su mente, es la certeza de que en el bosque no hay metro.  Afortunadamente Rakel había captado el mensaje: “no dejes que Oleg vea el regalo”;  el mensaje era lo bastante verosímil como para que Arnold Folkestad no abrigara sospechas y lo bastante claro como para que Rakel comprendiera lo que quería. Era el viejo truco del cumpleaños.

¿No entienden? Como siempre al final Harry nos explica el porqué en este caso el móvil del asesinato es el amor, no el odio.

AutorJo Nesbø.  Noruega,1960.

FichaJo Nesbø. Policía. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, 2016. 576 págs. Kindle Edition.

Alejo Carpentier. “El acoso”

Alejo Carpentier. “El acoso”

 

El acoso (1955) de Alejo Carpentier (Cuba 1904-1980) no es una novela policiaca (tampoco pertenece al realismo mágico).  Aparece en este blog como un homenaje personal a las relecturas de sus libros, que no dejan de sorprender. Y porque en El Acoso la historia y su contexto, el elemento suspenso y la angustia que provocan en el lector podrían, de forma un tanto laxa, justificar su presencia.

Lo más sorprendente de El Acoso es la complejidad con que Carpentier trata la historia narrada en primera persona que

“…nos obligará, una y otra vez, a releer lo leído, para no perder las pistas de la narración, como sucede en las buenas novelas policiacas. Y es que El acoso nos pudiera recordar, a veces, por el tema, una novela policiaca, con esa caza de un hombre, del cual no sabemos mucho, sentenciado a muerte. Esa muerte tan cara para algunos autores de lo policiaco”.[i]

El monólogo del joven estudiante de provincia que llega a La Habana a estudiar arquitectura es tan intensamente doloroso que a veces tenemos que descansar de su lectura. Son los años treinta, es ingenuo y provinciano, la ciudad que lo deslumbra está viviendo tiempos políticos difíciles por las acciones revolucionarias que llevaron al derrocamiento del dictador,  el general Gerardo Machado por el que luego se convertiría en otro dictador, Fulgencio Batista.  Como es la historia de otros muchos jóvenes revolucionarios perdidos y olvidados, de las discusiones en el aula, pasa a la acción y pronto se involucra en los movimientos revolucionarios, conspira, combate y cuando coloca una carta bomba que explota ya es un terrorista, ha matado y ya no sólo no hay vuelta atrás, sino que traiciona al “cantar” o delatar a sus correligionarios que se convierten en sus perseguidores y de quienes se tiene que esconder.

Un monólogo extraordinario que captura y transmite con la misma sordidez de un espíritu perseguido y acosado más por sí mismo que por sus perseguidores, la ciudad y el ambiente;  más que narrar grita de hambre, de dolor, de soledad, de desolación.

En una maravilla de estructura de apenas 120 páginas, la narración empieza y termina en el mismo lugar, una sala de conciertos, frente a una vieja casona del Mirador donde en ese momento están velando a la vieja a la que robó su comida. Y dura lo mismo que se tarda la orquesta en ejecutar la sinfonía Eroica de Beethoven.

AutorAlejo Carpentier. Cuba 1904-1980.

FichaAlejo Carpentier. El acoso. México: Editorial Lectorum. 2005. 120 págs.

 

[i] Prólogo de Julio Travieso Serrano en la edición que se cita (2005, pág 10)

Carlo Lucarelli. “Almost Blue”. “Por la boca muere el pez”

Carlo Lucarelli. “Almost Blue”. “Por la boca muere el pez”

Detective CHICAGrazia Negro

Almost Blue (1997) del escritor Carlo Lucarelli (Italia, 1960) es una novela muy corta y muy negra. Tres  narradores, crímenes espeluznantes y dos personajes originales y sorprendentes, uno ciego y el atroz criminal.

…Every night I go up to my room in the attic and put on Chet Baker.  I always put on the same record because I like the sound of his trumpet, all those deep, precise p sounds.. “Almost Blue” is my favourite song…  I wait all day for that moment at night when the trumpet, the bass, the piano and his voice come together and fill the emptiness inside my head.

Then I turn on the scanner and listen to the city.

I´ve never seen Bologna, but I know it well, even if it´s probably my own imaginary Bologna. It´s a big city: almost three hours.

I scan the silence around me the way an electronic scanner sweeps the airwaves for sounds and voices, tuning automatically into any and all frequencies. Simone es un gran personaje. Tiene 25 años y es ciego de nacimiento. Su mundo son los sonidos, especialmente las voces, que identifica con colores que no tienen ningún referente para él.  Lo que más le gusta, al final del día es escuchar la pieza de jazz compuesta por el inglés Elvis Costello y ejecutada por el trompetista Chet Baker, pero en long play, en su tocadiscos, luego enciende y escucha en su escáner frecuencias de radio, de móviles y de internet con un programa sintetizador de voces que transcribe a través de su computadora.  Nunca ha visto su ciudad, pero sabe que Bolonia se puede recorrer en tres horas.

I’m cold and naked dice el segundo narrador.  Al final del libro deducimos que el criminal también es un gran personaje. Es joven, siempre tiene pesadillas, no puede quitarse los audífonos por el permanente sonido de campanas en su cabeza, tiene un animal adentro, que tiene que cambiar de piel para poder reencarnar,  que tiene miedo a morir.

El tercer narrador da cuenta de la investigación. Grazia Negro es una joven inspectora de la Policía Científica que forma parte de la Unidad de Análisis de Crímenes Violentos con sede en Roma. Ha sido trasladada a Bolonia para trabajar con el comisario jefe Vittorio Poletto en la investigación de una serie de asesinatos de jóvenes estudiantes.  Grazia busca al joven que llamó a la estación de policía diciendo haber escuchado algo referente a los crímenes de los jóvenes; luego descubre un patrón interesante en el MO: in each case the victim of the prior homicide was somehow present.  Empiezan a hablar de “un asesino serial” en Bolonia, lo llaman “la iguana”, como el animal que cambia de piel, listo para transformarse en una forma más evolucionada.

AutorCarlo Lucarelli. Modena, Italia. 1960.

FichaCarlo Lucarelli. Almost Blue. London: Vintage Books. 2004.  169 págs.

POR LA BOCA MUERE EL PEZ

Salvo Montalbano y Grazia Negro

Por la boca muere el pez  (Acqua in bocca, 2010) es el resultado de un muy bien logrado y divertido ejercicio de escribir una novela policíaca entre dos autores  italianos, Andrea Camilleri y Carlo Lucarelli, que ponen a sus respectivos detectives a investigar un asesinato. En vez de un narrador la acción se presenta con cartas y mensajes entre ellos, informes forenses, partes de policía, fotografías, cartas cifradas dentro de canelonis y tortelinis y noticias de periódicos.

La Inspectora en Jefe Grazia Negro (Carlo Lucarelli) de Bolonia envía un comunicado oficial al Comisario Salvo Montalbano (Andrea Camilleri) de Vigata solicitando su ayuda para esclarecer el asesinato de un tal Arturo Magnífico, quien se encontró asesinado con una bolsa de plástico en la cabeza, un charco de agua, sin un zapato y tres peces de la especie Betta Splendes.  Grazia le escribe a su colega que sus superiores no sólo la han sacado de la investigación sino que le han prohibido que se involucre.  Grazia y Salvo, a espaldas de sus superiores se envían comunicaciones (y parece que cuando lo estaban escribiendo, los autores no sabían lo que él otro iba a contestar) y pronto se dan cuenta de que están involucrados altos mandos y el servicio secreto llamado “servicios desviados”.  Aparecen fugazmente los ayudantes o equipos de cada uno de ellos haciendo alguna tarea menor y por supuesto el embrollado Cantarella que siempre nos hace reir.

Andrea Camilleri, Porto Empedocle, Sicilia, Italia. 1925

                     Carlo Lucarelli, Parma, Italia. 1960

Andrea Camilleri & Carlo Lucarelli, Por la boca muere el pez. Barcelona: Papel de liar. 2011. 113 págs.

 

Clare Mackintosh. “I Let You Go”

Clare Mackintosh. “I Let You Go”

Detective CHICADI Ray Stevens, DC Kate Evans

La primera parte del thriller psicológico I Let You Go (2014) de la escritora inglesa Clare Mackintosh, es el sufrimiento de Jenna.  No puede dejar de recordar la escena cuando un niño de cinco años fue atropellado en las calles de la ciudad de Bristol en el sudoeste de Inglaterra.  No se atreve a contactar a su hermana Eva, ya no puede seguir su profesión de escultora por la herida en la mano, mete en su mochila la foto de su hijo recién nacido, su cámara fotográfica y un poco de ropa. El camión en el que huye la lleva a Swansea, ella nunca había estado en Gales, piensa. Se baja en Penfach, sobre la costa de la región de Gales.  Sus pasos la llevan al parque de caravanas, la administradora Bethan Morgan la pone en contacto con Iestyn Jones quien le alquila una cabaña. Se esconde, tiene pesadillas, con miedo sale a caminar por las playas y los acantilados de la costa galesa.  Por un perro herido se atreve a ir al pueblo cercano de Port Ellis donde conoce a Patrick Mathews, el veterinario.  Y empieza a tomar fotografías de la costa, juega a escribir su nombre en la arena y fotografiar desde lo alto del acantilado cómo las olas lo van borrando. Se dice divorciada de Ian,  quien nunca quiso saber de su hijo.

I shut my eyes and exhale slowly. It’s time to stop pretending, pensó Janna al abrir la puerta de su cabaña a una pareja que se identificaron como policías.

El Detective Inspector Ray Stevens y la joven DC Kate Evans de la policía de Bristol, se habían obsesionado por encontrar al conductor fugitivo del coche que atropelló y mató al pequeño Jacob. “What sort of bastard kills a five-year-old boy, then drives off?”  Su perseverancia los lleva a una pista.

I’m arresting you for causing death by dangerous driving, and for failing to stop at the scene of an accident. You do not have to say anything, but it may harm your defense if you do not mention, when questioned, something which you later rely on in court . . .”

Los sorpresivos giros de los varios narradores de la segunda parte de I Let You Go,  van develando verdades que no por ser predecibles, y lamentablemente muy comunes, dejan de causar horror. E indignación.  Porque Ian nunca se cuestiona a sí mismo, culpa a Janna que no le agradezca que la quiera, que la cuide, que le dé regalos; para él , Janna tiene la culpa de esa furia interna que sólo se alivia cuando un incidente, cualquiera que sea, le permite disparar el primer golpe.

Almost immediately the bubble burst. Calm washed over me, like the adrenaline release after sex or a session in the gym. My headache eased, and the muscle at the corner of my eye ceased to twitch… I had thought that you were different, and that perhaps I wouldn’t ever need to feel that release again: that blissful sense of peace that comes after a fight. I was sorry to see that, after everything, you were just the same as all the others.

I Let You Go es, como han sido y seguirán siendo,  los gritos mudos de muchas mujeres que igual que Janna piensan que la prisión es una mejor alternativa.

…We’re in interview room three at Bristol police station. I’m Detective Inspector 431 Ray Stevens and with me is Detective Constable 3908 Kate Evans.” He looks at me. “Could you give your name and date of birth for the tape, please?” I swallow and try to make my mouth work. “Jenna Alice Gray, 28 August 1976.”

(O al muerte, como tú querídísima tía Tana).

AutorClare Mackintosh. Inglaterra.

FichaClare Mackintosh. I Let You Go.  New York: Penguin Publishing Group. 2017. 370  págs. Kindle Edition.

Arthur Conan Doyle. “Sherlock Holmes”

Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una de las buenas costumbres que nos quedan , como lo es introducir a Sherlock Holmes a través de los versos del gran Jorge Luis Borges.

Sherlock Holmes

No salió de una madre ni supo de mayores.
Idéntico es el caso de Adán y de Quijano.
Está hecho de azar. Inmediato o cercano
lo rigen los vaivenes de variables lectores.

No es un error pensar que nace en el momento
en que lo ve aquel otro que narrará su historia
y que muere en cada eclipse de la memoria
de quienes lo soñamos. Es más hueco que el viento.

Es casto. Nada sabe del amor. No ha querido.
Ese hombre tan viril ha renunciado al arte
de amar. En Baker Street vive solo y aparte.
Le es ajeno también ese otro arte, el olvido.

Lo soñó un irlandés, que no lo quiso nunca
y que trató, nos dicen, de matarlo. Fue en vano.
El hombre solitario prosigue, lupa en mano,
su rara suerte discontinua de cosa trunca.

No tiene relaciones, pero no lo abandona
la devoción del otro, que fue su evangelista
y que de sus milagros ha dejado la lista.
Vive de un modo cómodo: en tercera persona.

No baja más al baño. Tampoco visitaba
ese retiro Hamlet, que muere en Dinamarca
que no sabe casi nada de esa comarca
de la espada y del mar, del arco y de la aljaba.

(Omnia sunt plena Jovis.(*) De análoga manera
diremos de aquel justo que da nombre a los versos
que su inconstante sombra recorre los diversos
dominios en que ha sido parcelada la esfera.)

Atiza en el hogar las encendidas ramas
o da muerte en los páramos a un perro del infierno.
Ese alto caballero no sabe que es eterno.
Resuelve naderías y repite epigramas.

Nos llega desde un Londres de gas y de neblina
un Londres que se sabe capital de un imperio
que le interesa poco, de un Londres de misterio
tranquilo, que no quiere sentir que ya declina.

No nos maravillemos. Después de la agonía,
el hado o el azar (que son la misma cosa)
depara a cada cual esa suerte curiosa
de ser ecos o formas que mueren cada día.

Que mueren hasta un día final en que el olvido,
que es la meta común, nos olvide del todo.
Antes que nos alcance juguemos con el lodo
de ser durante un tiempo, de ser y de haber sido.

Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una
de las buenas costumbres que nos quedan. La muerte
y la siesta son otras. También es nuestra suerte
convalecer en un jardín o mirar la luna
.

  •   * Todas las cosas están llenas de Júpiter
  • “Sherlock Holmes”,  es uno de los 44 poemas del último libro de Jorge Luis Borges, Los conjurados, publicado en 1985, pocos meses antes de su muerte.

Detective CHICASherlock Holmes

Arthur Conan Doyle fue su creador y John W. Watson su “evangelista”, el que narra cincuenta y seis de sus sesenta aventuras; Holmes toma la palabra para narrar The Adventure of the Lion´s Mane y The Adventure of the Blanched Soldier;  dos son narradas por un narrador en tercera persona.

A Study in Scarlet, “Estudio en escarlata”, The Sign of Four, “El signo de los cuatro”, The Hound of the Baskervilles, “El sabueso de los Baskerville” y The Valley of Fear, “El valle del terror” son novelas; el resto son relatos cortos.

Sir Arthur Conan Doyle nació en la ciudad escocesa de Edimburgo en 1859. Estudió medicina en la Universidad de Edimburgo y mientras esperaba pacientes en un consultorio en Londres creó a Sherlock Holmes.  En 1887 aparece A Study in Scarlet; tres años después, en 1890, después de la publicación de The Sign of Four abandona la medicina y se dedica a escribir.  Si bien Conan Doyle escribió otros libros, su nombre es inseparable a su gran personaje, Sherlock Holmes; Holmes llegó a ser tan famoso que cuando en 1893 lo mata, la demanda de sus lectores hace que ingeniosamente lo resucite.

Además de médico, Conan Doyle fue ballenero, atleta, historiador, corresponsal de guerra y practicó el espiritismo.  Protestó contra dos casos de injusticia probando la inocencia de los acusados. Fue nombrado caballero en 1902 por su trabajo en Sudáfrica durante la Guerra de los Boers. Murió en 1930.

Ficha

  1. A Study in Scarlet, “Estudio en escarlata” (1887)
  2. The Sign of  the Four, “El signo de los cuatro” (1890)
  3. A Scandal in Bohemia. “Escándalo en Bohemia” (1891)

Autor Escocia. 1859-1930

FichaArthur Conan Doyle. Sherlock Holmes: The Complete Novels and Stories: Volumes I and II: New York: Bantam Books. Random House Publishing Group. 2003. Kindle Edition. Introduction: “ON THE SIGNIFICANCE OF BOSWELLS” by Loren D. Estleman.

 

Jorge Luis Borges. “El jardín de senderos que se bifurcan”

Borges_el_jardín    Borges ficciones

 

En el prólogo del “El jardín de senderos que se bifurcan” (1941), incluido en el libro Ficciones (1944), Borges escribió:

Las siete piezas de este libro no requieren mayor elucidación. La séptima —El jardín de senderos que se bifurcan— es policial; sus lectores asistirán a la ejecución y a todos los preliminares de un crimen, cuyo propósito no ignoran pero que no comprenderán, me parece, hasta el último párrafo.

El 29 de julio de 1916 en Staffordshire, el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en la Hochschule de Tsingtao, sabe que el capitán Richard Madden lo va a asesinar.

Madden era implacable. Mejor dicho, estaba obligado a ser implacable. Irlandés a las órdenes de Inglaterra, hombre acusado de tibieza y tal vez de traición ¿cómo no iba a abrazar y agradecer este milagroso favor: el descubrimiento, la captura, quizá la muerte, de dos agentes del Imperio Alemán?

Yu Tsun antes de morir, tiene que ver la forma de comunicar a su jefe,  “en su árida oficina de Berlín, examinando infinitamente periódicos”,  el secreto. “El nombre del preciso lugar del nuevo parque de artillería británico sobre el Ancre”.  Buscó el apellido Albert en la guía telefónica, el “nombre de la única persona capaz de transmitir la noticia: vivía en un suburbio de Fenton, a menos de media hora de tren”.

No lo hice por Alemania, no. Nada me importa un país bárbaro, que me ha obligado a la abyección de ser un espía. Además, yo sé de un hombre de Inglaterra —un hombre modesto— que para mí no es menos que Goethe. Arriba de una hora no hablé con él, pero durante una hora fue Goethe. Lo hice, porque yo sentía que el jefe tenía en poco a los de mi raza —a los innumerables antepasados que confluyen en mí. Yo quería probarle que un amarillo podía salvar a sus ejércitos. Además, yo debía huir del capitán.

Borges nos regala en las siguientes 9 páginas (3,721 palabras) aquí reproducidas, una trama policial perfecta por su resolución cerrada.  Y al mismo tiempo abierta a diversas alternativas  que sólo se entienden porque el protagonista siguió el consejo de que en cada encrucijada hay que tomar el camino que dobla a la izquierda, que era el procedimiento común para descubrir el patio central de los laberintos, según lo había escrito su antepasado en su obra “El jardín de senderos que se bifurcan”.

Autor Jorge Luis Borges. Argentina. 1899–1986

Ficha Jorge Luis Borges. “El jardín de senderos que se bifurcan” en Ficciones. Buenos Aires: Vintage/Random House. 2012. Kindle Edition.

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El jardín de senderos que se bifurcan
(El jardín de senderos que se bifurcan (1941;
Ficciones, 1944)

A Victoria Ocampo

En la página 242 de la Historia de la Guerrra Europea de Lidell Hart, se lee que una ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería) contra la línea Serre-Montauban había sido planeada para el 24 de julio de 1916 y debió postergarse hasta la mañana del día 29. Las lluvias torrenciales (anota el capitán Lidell Hart) provocaron esa demora —nada significativa, por cierto. La siguiente declaración, dictada, releída y firmada por el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en laHochschule de Tsingtao, arroja una insospechada luz sobre el caso. Faltan las dos páginas iniciales.
“… y colgué el tubo. Inmediatamente después, reconocí la voz que había contestado en alemán. Era la del capitán Richard Madden. Madden, en el departamento de Viktor Runeberg, quería decir el fin de nuestros afanes y —pero eso parecía muy secundario, o debería parecérmelo— también de nuestras vidas. Quería decir que Runeberg había sido arrestado o asesinado[1]. Antes que declinara el sol de ese día, yo correría la misma suerte. Madden era implacable. Mejor dicho, estaba obligado a ser implacable. Irlandés a las órdenes de Inglaterra, hombre acusado de tibieza y tal vez de traición ¿cómo no iba a brazar y agradecer este milagroso favor: el descubirmiento, la captura, quizá la muerte de dos agentes del Imperio Alemán? Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis. Me pareció increíble que es día sin premoniciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable. A pesar de mi padre muerto, a pesar de haber sido un niño en un simétrico jardín de Hai Feng ¿yo, ahora, iba a morir? Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente me pasa me pasa a mí… El casi intolerable recuerdo del rostro acaballado de Madden abolió esas divagaciones. En mitad de mi odio y de mi terror (ahora no me importa hablar de terror: ahora que he burlado a Richard Madden, ahora que mi gasrganta anhela la cuerda) pensé que ese guerrero tumultuoso y sin duda feliz no sospechaba que yo poseía el Secreto. El nombre del preciso lugar del nuevo parque de artillería británico sobre el Ancre.Un pájaro rayó el cielo gris y ciegamente lo traduje en un aeroplano y a ese aeroplano en mucho (en el cielo francés) aniquilando el parque de artillería con bombas verticales. Si mi boca, antes que la dehiciera un balazo, pudiera gritar ese nombre de modo que los oyeran en Alemania… Mi voz humana era muy pobre. ¿Cómo hacerla llegar al oído del Jefe? Al oído de aquel hombre enfermo y odioso, que no sabía de Runeberg y de mí sino que estábamos en Staffordshire y que en vano esperaba noticias nuestras en su árida oficina de Berlín, examinando infinitamente periódicos… Dije en voz alta: Debo huir. Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio, como si Madden ya estuviera acechándome. Algo -tal vez la mera ostentación de probar que mis recursos eran nulos—me hizo revisar mis bolsillos. Encontré lo que sabía que iba a encontrar. El reloj norteamericano, la cadena de níquel y la moneda cuadrangular, el llavero con las comprometedoras llaves inútiles del departamento de Runeberg, la libreta, un carta que resolví destruir inmediatamente (y que no destruí), el falso pasaporte, una corona, dos chelines y unos peniques, el lápiz rojo-azul, el pañuelo, el revólver con una bala. Absurdamente lo empuñé y sopesé para darme valor. Vagamente pensé que un pistoletazo puede oírse muy lejos. En diez minutos mi plan estaba maduro. La guía telefónica me dio el nombre de la única persona capaz de transmitir la noticia: viviía n un suburbio de Fenton, a menos de media hora de tren.
Soy un hombre cobarde. Ahora lo digo, ahora que he llevado a término un plan que nadie no calificará de arriesgado. Yo sé que fue terrible su ejecución. No lo hice por Alemania, no. Nada me importa un país bárbaro, que me ha obligado a la abyección de ser un espía. Además, yo sé de un hombre de Inglaterra —un hombre modesto— que para mí no es menos que Goethe. Arriba de una hora no hablé con él, pero durante una hora fue Goethe… Lo hice, porque yosentía que el Jefe tenía en poco a los de mi raza -a los innumerables antepasados que confluyen en mí. Yo quería probarle que un amarillo podía salvar a sus ejércitos. Además, yo debía huir del capitán. Sus manos y su voz podían golpear en cualquier momento a mi puerta. Me vestí sin ruido, me dije adiós en el espejo, bajé, escudriñé la calle tranquila y salí. La estación no distaba mucho de casa, pero juzgué preferible tomar un coche. Argüí que así corría menos peligro de ser reconocido; el hecho es que en la calle desierta me sentía visible y vulnerable, infinitamente. Recurdo que le dije al cochero que se detuviera un poco antes de la entrada central. Bajé con lentitud voluntaria y casi penosa; iba a la aldea de Ashgove, pero saqué un pasaje para una estación más lejana. El tren salía dentro de muy pocos minutos, a las ocho y cincuenta. Me apresuré: el próximo saldría a las nueve y media. No había casi nadie en el andén. Recorrí los coches: recuerdo a unos labradores, una enlutada, un joven que leía con fervor los Anales de Tácito, un sodado herido y feliz. Los coches arrancaron al fin. Un hombre que reconocí corrió en vano hasta el límite del andén. Era el capitán Richard Madden. Aniquilado, trémulo, me encogí en la otra punta del sillón, lejos del temido cristal.
De esa aniquilación pasé a una felicidad casi abyecta. Me dije que estaba empeñado mi duelo y que yo había ganado el primer asalto, al burlar, siquiera por cuarenta minutos, siquiera por un favor del azar, el ataque de mi adversario. Argüi que no era mínima, ya que sin esa diferencia preciosa que el horario de trenes me deparaba, yo estaría en la cárcel, o muerto. Argüí (no menos sofísticamente) que mi felicidad cobarde probaba que yo era hombre capaz de llevar a buen término la aventura. De esa debilidad saqué fuerzas que no me abandonaron. Preveo que el hombre se resignarña cada día a empresas más atroces; pronto no habrá sino guerreros y bandoleros; les doy este consejo: El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado. Así procedí yo, mentras mis ojos de hombre ya muerto registraban la fluencia de aquel día que era tal vez el último, y la difusión de la noche. El tren corría con dulzura, entre fresnos. Se detuvo, casi en medio del campo. Nadie gritó el nombre de la estación. ¿Ashgrove? les pregunté a unos chicos en el andén.Ashgrove, contestaron. Bajé.
Una lámpara ilustraba el andén, pero las caras de los niños quedaban en la zona de la sombra. Uno me interrogó: ¿Usted va a casa del doctor Stephen Albert?. Sin aguardar contestación, otro dijo: La case queda lejos de aquí, pero usted no se perderá si toma ese camino a la izquierda y en cada encrucijada del camino dobla a la izquierda. Les arrojé una moneda (la última), bajé unos escalones de piedra y entré en el solitario camino. Éste, lentamente, bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme. Por un instante, pensé que Richard Madden había penetrado de algún modo mi desesperado propósito. Muy pronto comprendí que eeso era imposible. El consejo de siempre doblar a la izquierda me recordó que tal era el procedimiento común para descubrir el patio central de ciertos laberintos. Algo entiendo de laberintos: no en vano soy bisnieto de aquel Ts’ui Pên, que fue gobernador de Yunnan y que renunció al poder temporal para escribir una novela que fuera todavía más populosa que el Hung Lu Meng y para edificar un laberinto en el que se perdieran todos los hombres. Trece años dedicó a esas heterogéneas fatigas, pero la mano de un forastero lo asesinó y su novela era insensata y nadie encontró el laberinto. Bajo árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos… Pensé en un laberintode laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes , olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita.El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país: no de luciérnagas, palabras, jardines,cursos de agua, ponientes. Llegué, así, a un alto portín herrumbrado. Entre las rejas descifré una alameda y una especie de pabellón. Comprendí, de pronto, dos cosas, la primera trivial, la segunda casi increíble: la música venía del pabellón, la música era china. Por eso, yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención. No recuerdo si había una campana o un timbre o si llamé golpeando las manos. El chisporroteo de la música prosiguió.
Pero del fondo de la íntima casa un farol se acercaba: un farol que rayaban y a ratos anulaban los troncos, un farol de papel, que tenía la forma de los tambores y el color de la luna. Lo traía un hombre alto. No vi su rostro, porque me cegaba la luz. Abrió el portón y dijo lentamente en mi idioma:
—Veo que el piadoso Hsi P’êng se empeña en corregir mi soledad. ¿Usted sin duda querrá ver el jardín?
Reconocí el nombre de uno e nuestros cónsules y repetí desconcertado:
—¿El jardín?
—El jardín de los senderos que se bifurcan-
Algo se agitó en mi recuerdo y pronuncié con incomprensible seguridad:
—El jardín e mi antepasado Ts’ui Pên.
—¿Su antepasado? ¿Su ilustre antepasado? Adelante.
El húmedo sendero zigzagueaba como los de mi infancia. Llegamos a una biblioteca de libros orientales y occidentales. Reconocí, encuadernados en seda amarilla, algunos tomos manuscritos de la Enciclopedia Perdida que dirigió el Tercer Emperador e la Dinastía Luminosa y que no se dio nunca a la imprenta. El disco del gramófono giraba junto a un fénix de bronce. Recuerdo también un jarrón de la familia rosa y otro, anterior de muchos siglos, de ese color azul que nuestros antepasados copiaron de los alfareros de Persia…
Stephen Albert me observaba, sonriente. Era (ya lo dije) muy alto, de rasgos afilados, de ojos grises y barba gris. Algo de sacerdote había en él y también de marino; después me refirió que había sido misionero en Tientsin “antes de aspirar a sinólogo”.
Nos sentamos; yo en un largo y bajo diván; él de espaldas a la ventana y a un alto reloj circular. Computé que antes de una hora no llegaría mi perseguidor, Richard Madden. Mi determinación irrevocable podía esperar.
—Asombroso destino el de Ts’ui Pên —dijo Stephen Albert—. Gobernador de us provincia natal, docto en astronomía, en astrología y enm la interpretación infatigable de los libros canónicos, ajedrecista, famoso poeta y calígrafo: todo lo abandonó para componer un libro y un laberinto. Renunció a los placeres de la opresión, de la justicia, del numeroso lecho, de los banquetes y aun de la erudición y se enclaustró durante trece años en el Pabellón de la Límpida Soledad. A su muerte, los herederos no encontraron sino manuscritos caóticos. La familia, como acaso no ignora, quiso adjudicarlos al fuego; pero su albacea —un monje taoísta o budista— insistió en la publicación.
—Los de la sangre de Ts’ui Pên -repliqué— seguimos execrando a ese moje. Esa publicación fue insensata. El libro es un acervo indeciso de borradores contradictorio. Lo he examinado alguna vez: en el tercer capítulo muere el héroe, en el cuarto está vivo. En cuanto a la otra empresa de Ts’ui Pên, a su Laberinto…
—Aquí está el Laberinto -dijo indicándome un alto escritorio laqueado.
—¡Un laberinto de marfil! -exclamé-. Un laberinto mínimo…
—Un laberinto de símbolos -corrigió-. Un invisible laberinto de tiempo. A mí, bárbaro inglés, me ha sido deparado revelar ese misterio diáfano. Al cabo de más de cien años, los pormenores son irrecuperables, pero no es difícil conjeturar lo que sucedió. Ts’ui Pên diría una vez: Me retiro a escribir un libro. Y otra: Me retiro a construir un laberinto. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto. El Pabellón de la Límpida Soledad se erguía en el centro de un jardín tal vez intrincado; el hecho puede haber sugerido a los hombres un laberinto físico. Ts’ui Pên murió; nadie, en las dilatadas tierras que fueron suyas, dio con el laberinto. Dos circunstancias me dieron la recta solución del problema. Una: la curiosa leyenda de que Ts’ui Pên se había propuesto un laberinto que fuera estrictamente infinito. Otra: un fragmento de una carta que descubrí.
Albert se levantó. Me dio, por unos instantes, la espalda; abrió un cajón del áureo y renegrido escritorio. Volvió con un papel antes carmesí; ahora rosado y tenue y cuadriculado. Era justo el renombre caligráfico de Ts’ui Pên. Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Devolví en silencio la hoja. Albert prosiguió:
—Antes de exhumar esta carta, yo me había preguntado de qué manera un libro puede ser infinito. No conjeturé otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente. Recordé también esa noche que está en el centro de Las 1001 Noches, cuando la reina Shahrazad (por una mágica distracción del copista) se pone a referir textualmente la historia de Las 1001 Noches, con riesgo de llegar otra vez a la noche en que la refiere, y así hasta lo infinito. Imaginé también una obra platónica, hereditaria, transmitida de padre a hijo, en la que cada nuevo individuo agregara un capítulo o corrigiera con piadoso cuidado la página de sus mayores. Esas conjeturas me distrajeron; pero ninguna me parecía corresponder, siquiera de un modo remoto, a los contradictorios capítulos de Tsúi Pên. En esa perplejidad, me remitieron de Oxford el manuscrito que usted ha examinado.Me detuve, como es natural, en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de los senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts’ui Pên, opta —simultáneamente— por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etcétera. En la obra de Ts’ui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones.Alguna vez, los senderos de ese laberinto convergen; por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles usted es mi enemigo, en otro mi amigo. Si se resigna usted a mi pronunciación incurable, leeremos unas páginas.
Su rostro, en el vívido círculo de la lámpara, era sin duda el de un anciano, pero con algo inquebrantable y aun inmortal. Leyó con lenta precisión dos redacciones de un mismo capítulo épico. En la primera un ejército marcha hacia una batalla a través de una montaña desierta; el horror de las piedras y de la sombra le hace menospreciar la vida y logra con facilidad la victoria; en la segunda, el mismo ejército atraviesa un palacio en el que hay una fiesta; la resplandeciente batalla le parece una continuación de la fiesta y logran la victoria. Yo oía con decente veneración esas viejas ficciones, acaso menos admirables que el hecho de que las hubiera ideado mi sangre y de que un hombre de un imperio remoto me las restituyera, en el curso de un desesperada aventura, en una isla occidental. Recuerdo las palabras finales, repetidas en cada redacción como un mandamiento secreto: Así combatieron los héroes, tranquilo eñ admirable corazón, violenta la espada, resignados a matar y morir.
Desde ese instante, sentí a mi alrededor y en mi oscuro cuerpo una invisible, intangible pululación. No la pululación de los divergentes, paralelos y finalmente coalescentes ejércitos, sino una agitación más inaccesible, más íntima y que ellos de algún modo prefiguraban. Stephen Albert prosiguió:
— No creo que su ilustre antepasado jugara ociosamente a las variaciones. No juzgo verosímil que sacrificara trece años a la infinita ejecución de un experimento retórico. En su país, la novela es un género subalterno; en aquel tiempo era un género despreciable. Ts’ui Pên fue un novelista genial, preo también fue un hombre de letras que sin duda no se consideró un mero novelista. El testimonio de sus contemporáneos proclama —y harto lo confirma su vida— sus aficiones metafísicas, místicas. La controversia filosófica usurpa buena parte de su novela. Sé que de todos los problemas, ninguno lo inquietó y lo trabajó como el abismal problema del tiempo. Ahora bien, ése es el único problema que no figura en las páginas delJatdín. Ni siquiera usa la palabra que quiere decir tiempo. ¿Cómo se explica usted esa voluntaria omisión?
Propuse varias soluciones; todas, insuficientes. Las discutimos; al fin, Stephen Albert me dijo:
—En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la única palabra prohibida?
Refelxioné un momento y repuse:
—La palabra ajedrez.
—Precisamente -dijo Albert-, El jardín de los senderos que se bifurcan es una enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el espacio; esa causa recóndita le prohíbe la mención de su nombre. Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrasis evidentes, es quizá el modo más enfático de indicarla. Es el modo tortuoso que prefirió, en cadda uno de los meandros de su infatigable novela, el oblicuo Ts’ui Pên. He confrontado centenares de manuscritos, he corregido los errores que la negligencia de los copistas ha introducido, he conjeturado el plan de ese caos, he restablecido, he creído restablecer, el orden primordial, he traducido la obra entera: me consta que no emplea una sola vez la palabra tiempo. La explicación es obvia:El jardín de los senderos que se bifurcan es una imágen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts’ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todasla posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravezar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.
—En todos —articulé no sin un temblor— yo agradezco y venero su recreación del jardín de Ts’ui Pên.
—No en todos -murmuró con una sonrisa-. El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros. En uno de ellos soy su enemigo.
Volví a sentir esa pululación de que hablé. Me pareció que el húmedo jardín que rodeaba la casa estaba saturado hasta lo infinito de invisbles personas. Esas personas eran Albert y yo, secretos, atareados y multiformes en otras dimensiones de tiempo. Alcé los ojos y la tenue pesadilla se disipó. En el amarillo y negro jardín había un solo hombre; pero ese hombre era fuerte como una estatua, pero ese hombre avanzaba por el sendero y era el capitán Richard Madden.
—El porvenir ya existe —respondí—, pero yo soy su amigo. ¿Puedo examinar de nuevo la carta?
Albert se levantó. Alto, abrió el cajón del alto escritorio; me dio por un momento la espalda. Yo había preparado el revólver. Disparé con sumo cuidado: Albert se desplomó sin una queja, inmediatamente. Yo juro que su muerte fue instantánea: una fulminación.
Lo demás es irreal, insignificante. Madden irrumpió, me arrestó. He sido condenado a la horca. Abominablemente he vencido: he comunicado a Berlín el secreto nombre de la ciudad que deben atacar. Ayer la bombardearon; lo leí en los mismos periódicos que propusierona Inglaterra el enigma de que el sabio sinólogo Stephen Albert muriera asesinado por un desconocido, Yu Tsun. El Jefe ha descifrado ese enigma. Sabe que mi problema era indicar (a través del estrépito de la guerra) la ciudad que se llama Albert y que no hallé otro medio que matar a una persona con ese nombre. No sabe (nadie puede saber) mi innumerable contrición y cansancio.

[1] Hipótesis odiosa y estrafalaria. El espía prusiano Hans Rabener alias Viktor Runeberg agredió con una pistola automática al portador de la orde de arrestro, capitán Richard Madden. Éste, en defensa propia, le causó heridas que determinaron su muerte. (Nota del Editor.)

Nele Neuhaus. “Blancanieves debe morir”

Nele Neuhaus. “Blancanieves debe morir”

Detective CHICA

 

Oliver von Bodenstein y Pia Kirchhoff

Ah, sí. Stefanie sí tenía un mote. Los demás niños la llamaban Blancanieves. –¿ Por qué? …Creo que tenía que ver con esa obra de teatro que iba a representarse en el instituto. Stefanie era la protagonista, iba a hacer de Blancanieves. –¿ Iba? –inquirió, curiosa, Amelie–. ¿Es que no lo hizo? –No. La… bueno…. desapareció antes.

Nele Neuhaus (Alemania, 1967) en Blancanieves debe morir (2010) describe a un pueblo que calló y mintió.  Tampoco nadie le mostró a la policía una hoja en blanco que en 1997 alguien había olvidado en una fotocopiadora con una única frase en letras grandes: «BLANCANIEVES DEBE MORIR».

Nunca antes había llegado tanta gente al comedor del Zum Schwarzen Ross en los seis meses que Amelie Fröhlich  había estado trabajando como mesera. Parecía que todo el pueblo se había congregado para comentar la noticia, parecían preocupados. Allí todo el mundo estaba emparentado con algún vecino y se sabía de memoria la historia familiar del resto. Se conocían los secretos más secretos; aficiones y faltas, descalabros y enfermedades de los vecinos, todo era motivo de cotilleo… Ese jueves 6 de noviembre Tobías Sartorius había salido del centro penitenciario de Rockenberg  después de haber cumplido una sentencia de diez años por los asesinatos de dos jóvenes cuyos cuerpos jamás fueron encontrados.

El regreso de Tobias a su natal Altenhain, un pequeño pueblo cercano a la ciudad alemana de Frankfurt, va a poner en movimiento pasiones no olvidadas que desencadenarán viejos y nuevos odios; y otros crímenes. Diez años atrás, la noche del 6 al siete de septiembre de 1997, durante las fiestas del pueblo habían desaparecido Laura Wagner y Stefanie Schneeberger.

La gente no para de hablar desde que ha vuelto ese hombre. No sé, me parece emocionante. –Ah, sí. Fue una historia triste. Y lo sigue siendo –contestó–. Claro que las conocía, a las dos. Stefanie era hija de nuestros vecinos. Y a Laura también la conocía, desde que era pequeña. Su madre trabajó con nosotros como ama de llaves. Para los padres es terrible que nunca encontraran a las muchachas

Amelie Fröhlich y la inspectora Pia Kirchhoff, cada una por su lado, sin conocerse y por diferentes circunstancias, se interesan, preguntan, revisan y dudan.  Amelie había llegado seis meses antes al pueblo donde vivía su padre para terminar la escuela.  La inspectora mayor Pia Kirchhoff y Oliver von Bodenstein, inspector jefe de la Brigada de Homicidios y jefe de la Brigada Central de Delitos Contra las Personas de la Policía Judicial Regional de Holheim,  investigaban la aparición de un esqueleto en lo que había sido un hangar cercano a Altenhaim.  Amelie y Pia irán descubriendo una serie de coincidencias, silencios e intereses personales, detalles omitidos o callados, que conducen  a la persona de Claudius Terlinden, el hombre fuerte, el rico, el empleador, el beneficiario del pueblo y quien parece fue sugiriendo las declaraciones; todos en el pueblo, o eran sus empleados, o le debían algo.

Tobías era el joven más popular y guapo del pueblo. Había roto con su novia Laura Wagner por culpa de Stefanie Schneeberger.  Stefanie también le había arrebatado a Laura el papel de Blancanieves en la obra de teatro escolar y todos sabían que tenía relación con un maestro del instituto, Gregor Lauterbach, esposo de Daniela Lauterbach, la doctora del pueblo. La noche en que desaparecieron las jóvenes,  Tobías había estado con sus amigos Felix, Jörg, Michael y Lars y Thies Terlinden. También con Nathalie, entonces  “la fea” y ahora una muy famosa actriz con el nombre de  Nadja von Bredow. Habían visto a Laura discutir con Tobías y coquetear con los amigos que bebían en exceso y a Gregor Lauterbach entrar con Stefanie en el pajar.

  • Nele Neuhaus ha escrito cuatro novelas policiacas con los detectives Oliver von Bodenstein y Pia Kirchhoff: Amigos hasta la muerte (2006 en alemán y 2013 en español); Algunas heridas nunca se curan (2009 y 2014); Quien siembra vientos recoge tempestades (2011 y 2015); Blancanieves debe morir (2011, 2015).

AutorNele Neuhaus, Alemania, 1967.

 

FichaNele Neuhaus, Blancanieves debe morir. 2010. Madrid: Maeva Ediciones.432 págs. Kindle Edition.

Antonio Manzini. “Pista negra”. “La costilla de Adán”. “Una primavera de perros”

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Detective CHICARocco Schiavone

El “vicequestore” Rocco Schiavone es el protagonista de cuatro thrillers del escritor romano Antonio Manzini (1964); el cuarto, Era di maggio, todavía no está traducido al español.  Rocco es un buen observador de la naturaleza humana, es irónico y mordaz (lo que lo hace muy divertido), y sabe que en el microcosmos de una pequeña población, el móvil de los crímenes suele ser la avaricia o los celos, o sea, el dinero y el amor.

El “vicequestore” o subjefe de la jefatura de policía de la ciudad de Aosta, Rocco Schiavone nació en el barrio del Trastévere en Roma en los años sesenta y tal vez por eso él y sus amigos Seba y Furio,  tienen algo de pillos. Ve como una oportunidad hacerse de dinero extra y no se preocupa por seguir las reglas, ni siquiera después de haber sido trasladado de la comisaría Cristóbal Colón de Roma a Aosta, una pequeña ciudad en el noroeste de Italia, en los Alpes italianos.  Dice odiar Aosta, a las montañas, al clima, a la nieve y a las pistas de esquí.

También dice, o repite, que no puede empezar su día si no se fuma, ya en su oficina,  un cigarro de marihuana, que no le quita lo irascible, intolerante y sarcástico. Cataloga a sus subordinados y sospechosos según la imagen de algún animal de su bestiario mental y clasifica los problemas a los que se enfrenta según la intensidad de un “dolor de culo” en una escala de seis a diez .  No se porta bien con Nora o Ana “con las que intercambiaba fluidos corporales”, pero parece adorar a su Marina, Pasado mañana es el cumpleaños de Marina. Que nació justo a medianoche. Por poco no fue el 21. Pero, para mí, Marina y la primavera siempre han sido una misma cosa.

 

 

Pista negra

Pista negra (2013) narra el primer caso del subjefe Rocco Schiavone en Aosta.

Un jueves el agente de policía Deruta –Cien kilos de inútil masa corporal, en pugna con D’Intino por alzarse con el título al más idiota de la jefatura- lo llama temprano a su casa y le informa que una de las máquinas para limpiar la nieve de la estación de Champoluc, había tropezado con el cuerpo de un hombre.

Rocco Schiavone que ya tenía cuatro meses en Aosta y que lo único que conocía era su casa, la jefatura, la fiscalía y la Trattoria degli Artisti Pam Pam, llega malhumorado por el frío y la nieve a la estación de esquí. “Un dolor en el culo de décimo grado” se dice al darse cuenta que no es un accidente, sino un asesinato.

El muerto se llamaba Leo Micciche y tenía un pañuelo ensangrentado atorado en la garganta. Descubrirá que es siciliano, que está casado con una joven del pueblo de la montaña llamada Luisa Pec,  que está embarazada, que entre los dos poseen un pequeño hotel para los turistas esquiadores, que están muy endeudados, y además que Luisa se ve con su exnovio Omar Borghetti, jefe de los profesores de esquí.  En el pueblo de la montaña todos se conocen y  se relacionan por la estación de esquí, instructores, limpiadores de las pistas, Luisa, su marido y su exnovio. Hay deudas e infidelidades, o sea, que el dinero y el amor parecían ser como siempre los motivos más comunes de los crímenes.

FichaAntonio Manzini. Pista negra. Barcelona: Ediciones Salamandra. 2015.  251 págs. Kindle Edition.

La costilla de Adán

Cuando Irina Oligova entró al departamento de Patrizio y Ester Baudo en la via Brocherel de Aosta, el departamento que limpiaba tres veces a la semana, estaba pensando en su relación con Ahmed, en que ella era una ortodoxa de Lituania  y Ahmed un musulmán de Egipto; y que además estaba Helmi, el hijo de Ahmed, que a sus dieciocho años era un desastre.  El estado en el que estaba el departamento la sacó de sus pensamientos, se extrañó del desorden  y cuando llamó a la señora Ester y no obtuvo respuesta, salió corriendo aterrada.

El segundo caso de Rocco Schiavone narrado en La costilla de Adán (2014) comienza el viernes 16 de marzo. Rocco se había despertado de mal humor y con frío. Había seguido el mismo ritual de cada día: ducha, cápsula de expreso de máquina, afeitado, pantalones de pana marrón, camiseta interior —de algodón por dentro y lana por fuera—, calcetines de mezcla de lana, camisa de franela a cuadros, jersey fino de cachemira con cuello de pico, chaqueta de pana verde y sus inseparables Clarks, el noveno par en sus seis meses en Aosta. Fue a desayunar al bar de la plaza y ya en su oficina, sentado frente al escritorio, se fumó el cigarro de marihuana de cada mañana, y como cada mañana …había hecho todo lo posible por no encontrarse con el agente D’Intino, a quien le tenía más ojeriza que al inhóspito clima valdostano.

A las 10:10 de la mañana entró a su oficina la inspectora Caterina Rispoli para informarle que parecía que estaban vendiendo drogas en uno de los parques de la ciudad, denuncia que le dio el pretexto para deshacerse por unos días de los, en su opinión, muy cretinos e ineptos oficiales D’Intino y Michele Deruta y mandarlos a vigilar día y noche el parque.

Luego entró Italo Perron para avisarle de un probable asalto en un departamento residencial perteneciente a un matrimonio de apellido Baudo y juntos salen de la jefatura. Ya en el departamento de los Baudo revisan el departamento; al abrir una de las puertas se encontraron con una habitación a oscuras, buscan el interruptor y al pulsarlo se provocó un corto circuito, a tientas llegaron a la ventana y recorrieron las cortinas. En el centro de la habitación, colgada de la lámapara estaba una mujer, Ester Baudo. ¿Robo? ¿Suicidio? ¿Asesinato? “Un dolor en el culo de décimo grado”.

Rocco y su equipo investigan a Irina,  a Ahmed y al joven Helmi quien les dio varias sorpresas. también al marido, Patrizio, y a la única amiga de Ester llamada Adalgisa Verratti. Pero Rocco sentía que había algo que no encajaba, algo que se le estaba olvidando, un detalle que se le escapaba, que estaba oculto en su mente.

Cuando todo se esclareció, fue como recibir un golpe en el plexo solar, fuerte y potente, de esos que te quitan la respiración y te dejan con las piernas flojas. Tenía que ir corriendo a la jefatura. —Era demasiado fácil —dijo, abriendo la puerta del bar—. Era todo demasiado fácil. ¡Joder, joder, joder!… el ojo había registrado algo que la mente tardó unos pocos segundos en comprender.

Rocco se había dado cuenta que había sido usado y manipulado en un juego que pasó de la imaginación a la vida real.

Ficha Antonio Manzini. La costilla de Adán. Barcelona: Ediciones Salamandra. 2016. 284 págs.  Kindle Edition.

Una primavera de perros

En Una primavera de perros (2015) Rocco y su equipo llevan dos investigaciones paralelas, la la muerte de dos pillos, la del rumano Carlos Figus y el italiano Carlo Figus, en un accidente de coche, y la desaparición de lajoven Chiara Berguet.  Habrá dos asesinatos, el del tío Marcello y el de Adele, la esposa de su querido amigo de la infancia Sebastiano, que quiso darle susto a su esposo.

A Chiara le costaba respirar… Llevaba horas sin moverse… Tenía que ser un garaje o un almacén abandonado… Empezaba a recordar. La noche anterior. Había salido con Max, su novio, y Giovanna.. Alberto, el primo de Max, había ido desde Turín… Sonia, Paola, Giovanna: las más guapas del colegio eran las más inseguras. Ella no. Chiara era fuerte. ., eran alguien en Aosta. Chiara Berguet era una líder… Faltaban seis días para su cumpleaños. Diecinueve.

El arquitecto Pietro Bucci Rivolta, a quien había conocido en casa de Nora, se había presentado en la jefatura con su hija Giovanna quien le dice estar segura de que algo le había pasado a su amiga Chiara.  Rocco acude a la casa de la joven y encuentra reunidos a sus padres, Pietro y Giuliana Berguet, con el vicepresidente de la empresa,  Cristiano Cerruti,  y con el hermano de Pietro,  Marcello, quien era maestro en la escuela de Chiara.  A pesar del ambiente, todos niegan que Chiara esté desaparecida y le piden los deje en paz.  El padre es dueño de una empresa constructora de nombre Edil.ber, exitosa,  con buenos contratos,  pero con falta de liquidez.  Rocco irá descubriendo cómo la usura de los préstamos bancarios y la avaricia de una mafia financiera, corrompen y no tienen límites.  Y como en todo pueblo pequeño, otra vez, todos parecen estar relacionados.

—Seba, soy Rocco. —¡ No me digas! Lo pone en la pantalla. —Su amigo tenía voz ronca, ausente y triste. —Tengo malas noticias. —¿ Qué pasa? —¿ Has hablado con Furio? —Sí, ¿por qué lo preguntas? ¿Te ha contado que Adele ha desaparecido? —No ha desaparecido. —¿ Sabes dónde está? —Sí, lo sé. Había venido a mi casa. —Seba se quedó callado—. ¿Seba? ¿Me oyes? —¿ Había? ¿Cómo que había? ¿Adónde ha ido? —Esta noche. Le han disparado. Ha muerto, Seba.

Ficha Antonio Manzini. Una primavera de perros. Barcelona: Ediciones Salamandra. 2016. 253 págs. Kindle Edition.

Autor Antonio Manzini. Italia. 1964.

Santiago Roncagliolo. “La noche de los alfileres”

Santiago Roncagliolo. “La noche de los alfileres”

Fue culpa suya”, “fue culpa mía”, “fue mi idea”, “lo hicimos entre todos”, “nos habíamos puesto todos contra todos”.

En la novela La noche de los alfileres (2016) de Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) hay cuatro narradores, Carlos, Manu, Moco y Beto.  Éramos normales, no éramos unos monstruos, sabíamos poco de la vida, dicen al responder a un interrogatorio veinte años después de lo que pasó, de lo que hicieron, en unos días de julio de 1992, cuando eran alumnos de cuarto año de secundaria, en el colegio jesuita de La Inmaculada de la ciudad de Lima.

Los recuerdos de los pormenores de lo que hicieron y de lo que estaban pensando cuando lo hicieron, son contados por los cuatro compañeros con el lenguaje violento y lleno de alusiones sexuales que quiere disfrazar las angustias, miedos y la terrible incertidumbre de los quince años, no niños, pero todavía no hombres. La voz de cada uno cuenta lo que sucedió y al mismo tiempo va revelando su personalidad, su temperamento, cómo se veían a sí mismos o a los otros, ponderando la apariencia física, envidiando al que creían más fuerte. Los cuatro eran hijos de familias de clase media trabajadora, algunas más disfuncionales que otras.  Vivían en un país que estaba aterrorizado por las crisis, los actos terroristas, los secuestros y  las bombas, con noches oscuras y solitarias por los cortes de electricidad y toques de queda.

Manu Bantaglia había idealizado al padre ausente, un veterano de las guerras peruanas.

De hecho, la cosa empezó justamente con un montón de espermatozoides. En una clase de la señorita Pringlin. La clase sobre el aparato reproductor….Además, yo tenía un plan. Yo quería que me expulsasen. Pronuncié la pregunta enterita, huevón, con énfasis en «pinga», como para conseguir una buena rabieta de la vieja. Quería ver furia. Tarjeta roja directa. Suspensión para siempre. Quería un certificado que dijese: para dolor de sus fans, Manu Battaglia no terminará la temporada. Sólo que, justo mientras hablaba, el cojudo de Carlos estornudó. Lo hizo a propósito, para distraer, para que no se me escuchase. Fue el estornudo más fuerte de la historia. Y luego sonó el timbre. Ese día no me expulsaron. Lástima. Al final, todo habría salido mejor si me hubieran botado. No habríamos hecho… Bueno, no habría pasado… lo que pasó después.

Beto vivía con sus padres y una hermana menor.

Yo era el afeminado, el chivo, el cabro, el mariposón, el cacanero, el putito, el gay. Todas las promociones tenían uno. Uno que hacía «rosquetadas» como leer. Uno que hablaba más suave que los demás, sin decir «huevón» cada tres palabras. Un buen blanco para burlas… Ok: la clase sobre el aparato reproductor. ¿Es eso? Sí me acuerdo. Más o menos. Estábamos ahí, en clase de educación sexual, perdiendo el tiempo y riéndonos, y la profesora nos llamó la atención. Y entonces Manu se levantó e hizo esa pregunta estúpida.”

 Carlos era el hijo único de un matrimonio siempre en crisis, era el que sí tenía una chica, a Pamela.

No éramos unos monstruos. Quizá nos pusimos un tanto… extremos. Y sólo durante un momento. Unos días. Un par de noches. Eso no es nada. A nuestro alrededor, todo el mundo era mucho peor. Es verdad: lo que hicimos no aparece en los manuales de buena conducta. Si acaso, en las páginas policiales, entre los crímenes sexuales y los asaltos a mano armada. Pero, como abogado penalista, puedo citar numerosos atenuantes: minoría de edad, defensa propia, prescripción del delito… Y eso si hubo delito. Ni siquiera estoy tan seguro al respecto.

…No recuerdo si la señorita Pringlin era alta o baja. Francamente, no debe haber sido especialmente grande. Y sin embargo, encaramada en la tarima y vista desde el subsuelo de nuestros quince años, parecía gigante. Supongo que también ayudaba la atmósfera. Cuando la señorita Pringlin se dirigía a ti con tono sarcástico en la clase, a su alrededor se hacía el silencio, y las miradas de tus cuarenta compañeros, que eran las miradas del mundo, se concentraban en tu rostro enrojecido. A ella le brotaban alas de murciélago, botas de dominatrix y un látigo mientras nosotros rogábamos que nos tragase la tierra. Y la tierra nos abandonaba a nuestra suerte.

Moco era huérfano de madre, “su viejita”, vivía en una casa destartalada con su “viejito” un hombre alcohólico y acabado al que él cuidaba tanto como a su colección de películas y a su cámara de video 8.

He visto todas las películas. No me refiero a un tema en particular. Me refiero a TODAS… Yo tengo poco que contar. Lo mejor de mi historia es un secreto que sólo puedo ver en mi casa, a retazos, con las cortinas cerradas. Ahora quiero ver la película entera, como la recuerdan los protagonistas.”

Para Santiago Roncagliolo el género negro, por mucho tiempo considerado menor y un tanto menospreciado, es el género que actualmente “pone en escena los lados oscuros de los países y sus sociedades, y que dice mucho más que cualquier otro género”*.  Y lo demuestra pintando un gran cuadro del Perú y de la adolescencia en La noche de los alfileres. El fondo es el atentado de Tarata en julio de 1992 que dejó un saldo de cuarenta muertos y que fue el comienzo de más ataques terroristas, bombas, asesinatos, asaltos. El mismo atentado que en la ficción de esta novela dejó de un lado las investigaciones del asesinato y que permitió que los cuatro quinceañeros, excepcionalmente representados con sus propias voces, siguieran sus vidas.

*Entrevista publicada con motivo de la publicación de La noche de los alfileres en el portal del periódico online SinEmbargo el 18 de junio de 2016:  http://www.sinembargo.mx/18-06-2016/3055476

 

AutorSantiago Roncagliolo. Perú, 1975.

FichaSantiago Roncagliolo. La noche de los alfileres. Barcelona: Alfaguara. 374 pags 2016. Kindle Edition.

 

Vladimir Hernández. “Indómito”

Vladimir Hernández. “Indómito”

Detective CHICAMario, Mayito, Durán

Una noche de 2014 en el bosque de La Habana, Durán va recobrando la conciencia, estaba bajo tierra, lo habían sepultado, pero “La sangre en su cabeza era de otra persona. Rubén. La sangre era de Rubén”.

Mario, Mayito, Durán “era un resiliente nato”.  Su madre lo abandonó para salir de Cuba cuando él tenía siente años; y su padre “Gilberto —sin oficio legal, bebedor, exmilitar expulsado de las FAR, reciclado en bisnero ocasional y estafador itinerante—, hizo lo mejor que pudo”.   Mario Durán y Rubén Figueredo se habían conocido en 2005, “hicieron buenas migas desde el primer momento”, “durante la reconcentración militar para los diferidos, el periodo de cumplimiento obligatorio de catorce meses de servicio activo para aquellos que ingresarían en carreras universitarias.” Mario había optado por Telecomunicaciones y Electrónica y Rubén por Informática. “A diferencia de la generación perdida de sus padres, y de la posterior generación del desencanto —o más bien del lamento—, renegaban del proyecto social colectivo. Como tantos otros hijos del Periodo Especial, forjados en el falso aperturismo económico y el ambiente pragmático del posmilenio”.

Mario y Rubén, ya sin el compromiso ideológico de sus padres, creían en la iniciativa personal y así al terminar sus carreras montaron un exitoso negocio ilegal de cuentas duplicadas para acceder a internet, pero que los llevó a la cárcel.

En la prisión del Combinado, Mario pensaba en los problemas, amenazas, venganzas, con otros presos; pensaba que ya se preocuparía cuando llegara el momento.  Se sorprende cuando Julito, el “reeducador”, lo manda llamar y le informa que saldría ese mismo día con libertad condicional.  A la salida de la prisión lo esperaba su amigo Ruben Figueredo montado en una Harley-Davison 1958 restaurada “de lo último que había entrado en Cuba antes que todo se jodiera”. Le contó que tenía un trabajo, que un tipo llamado Sandoval lo había visitado en la prisión y le propuso ponerlo en libertad y “quince mil pesos convertibles” para anular el panel de alarma, desactivar las cámaras de vigilancia, y sustraer una caja de seguridad de unas oficinas.  “Lo tiene todo planificado y nos quiere a bordo. Por eso estamos fuera, Mayito. La libertad condicional depende de nuestra absoluta cooperación….—El trabajo implica programación y penetración de cortafuegos”.

Sandoval era un negro alto y musculoso, “Parecía que iba a ser un palo de altura, pensó Durán; dos especialistas sacados de la cárcel, una casa de lujo y los implicados llegaban en coche. Interesante.”

Indómito no sólo es un muy buen thriller sino que la recreación de ciertos aspectos de la Cuba contemporánea es tan interesante como reveladora; pero sobre lo anterior, el autor nos regala un gran personaje, Mario Durán, capaz de enfrentar cualquier adversidad con una actitud nada trágica, ciertamente difícil de someter y un tanto cínica o un tanto irónica. ¿Cómo Cuba?

AutorVladimir Hernández. Cuba, 1966.

FichaVladimir Hernández. Indómito. Barcelona: Roca Editorial de Libros. 2016. 224 págs. Kindle Edition.

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